MÉRIDA, Yucatán, viernes 26/12/25.– Yucatán se desaceleró: Pasó de crecer 5.4% a 3.9% y 1.7%, es decir, perdió más del 56% de su crecimiento en un año, lo que significa que se desaceleró 63% respecto a su propio promedio reciente, afirmó Roger Torres Peniche.

Compararse con un país que hoy está estancado no es un logro, es un consuelo estadístico y la métrica correcta no es “crecemos más que otros”, sino “crecemos menos que antes”, lo que le está pasando al estado, afirmó el diputado panista, coordinador de la bancada blanquiazul en el Congreso del estado.

Al responder al anuncio triunfalista del gobierno del estado, el cual, según el ex secretario de Desarrollo Social es un tuerto en un país de ciegos, precisa que el Ejecutivo esconde la dura y cruel realidad de que Yucatán dejó de crecer y cae en mal de muchos, consuelo de tontos.

“En virtud de las declaraciones en materia de crecimiento económico que hace unos días presumió el gobernador y que fue parte central de los varios boletines que circularon en los medios, me permito hacer las siguientes precisiones y reflexiones”, indicó el diputado de origen motuleño.

LO QUE DICE ROGER TORRES: Yucatán presume cifras frente al estancamiento nacional, que padece un crecimiento débil, empleo precario y atraso estructural.

Mientras el Gobierno del Estado insiste en presentar el crecimiento de 1.7% en 2025 como un logro, el contexto económico nacional y los propios indicadores locales revelan una realidad mucho menos alentadora: Yucatán no solo se desacelera, sino que lo hace en un entorno nacional de estancamiento económico, lo que amplifica sus vulnerabilidades.

De acuerdo con el INEGI, el Indicador Oportuno de la Actividad Económica (IOAE) la economía mexicana se estancó en noviembre de 2025, sin crecimiento anual y con una contracción mensual de -0.2%.

Este freno fue provocado principalmente por la caída del sector secundario (industria y construcción), que registró una contracción anual de -1.5%, acumulando ya dos meses consecutivos a la baja.
Este dato es clave para entender lo que ocurre en Yucatán: Sin industria sólida ni construcción dinámica no hay crecimiento sostenido, solo rebotes temporales.
Un crecimiento que se apoya en bases frágiles en Yucatán, el propio Gobierno reconoce que el mayor dinamismo se concentra en el sector primario (extracción y obtención de materias primas directamente de la naturaleza, agricultura, ganadería, pesca), con 9.3% y en el sector terciario (servicios).

Sin embargo, esta estructura revela un problema de fondo: El sector primario, aunque importante, no crea suficiente valor agregado ni empleo formal masivo.

El sector terciario, dominante en Yucatán (turismo, comercio, servicios), no logró compensar la caída industrial del país, como lo confirma el IOAE, mientras que el sector secundario (manufactura, artesanía y construcción), que transforma, industrializa y crea productividad, sigue siendo el gran ausente del modelo económico estatal.

En términos simples: Yucatán produce y vende, pero no transforma y eso limita su capacidad de crecer con fuerza y sostener empleos de calidad. En el mercado laboral hay mucha ocupación, pero empleo precario.

El Gobierno presume -con razón parcial-, un mercado laboral con alta participación del 66.3% de tasa de participación económica, tercera más alta del país. Desocupación de apenas 1.5%, una de las más bajas de México, pero estos números esconden una realidad incómoda.

Esta realidad es que poco más del 58% de los trabajadores en Yucatán son informales, ya que la población está ocupada, sí, pero en empleos sin seguridad social, sin prestaciones y sin estabilidad; es más podrían estar ocupados y no recibir un sueldo, pues ayudan al comercio o actividad familiar sin recibir una remuneración a cambio, eso es lo que este indicador señala, No es lo mismo estar ocupado, que estar empleado y ese es el truco de la afirmación hecha.

Esto explica una contradicción central del discurso oficial: Hay máximos históricos de ocupación, pero pérdidas constantes de empleo formal, pues durante 2025 hubo pérdidas mensuales de empleos formales ante el IMSS; en julio se perdieron unos 2,000 empleos formales; en el año se calcula que se perderán entre 9,000 y hasta 26,000 empleos, según distintos cortes.

La caída del empleo formal empuja a la población hacia la informalidad, manteniendo baja la desocupación, pero degradando la calidad del empleo, pues no se está creando empleo de calidad y la gente no puede darse el lujo de estar desempleada.

El verdadero balance es la desaceleración, no éxito, si se observan las cifras en perspectiva: Yucatán pasó de crecer 5.4% a 3.9% y 1.7%, es decir, perdió más del 56% de su crecimiento en un solo año, lo que significa que se desaceleró 63% respecto a su propio promedio reciente.

Compararse con un país que hoy está estancado no es un logro, es un consuelo estadístico y la métrica correcta no es “crecemos más que otros”, sino “crecemos menos que antes”.

Yucatán no está en crisis, pero sí está en atraso, un atraso silencioso, estructural y peligroso: Crecimiento cada vez más débil, economía dependiente de servicios y actividades de bajo valor agregado, empleo mayoritariamente informal, industria y construcción sin el peso suficiente para detonar desarrollo real.

Presumir estos resultados como éxito es conformarse con ser tuertos en un país de ciegos.

El verdadero reto no es crecer más que el promedio nacional estancado, sino recuperar el dinamismo perdido, generar empleo formal y construir una economía que transforme, no solo sobreviva.